Cuando se anunció The Document Foundation hace dieciséis años, a algunas personas les pareció que el nombre era un poco soso. No brillaba. Se refería a un objeto -el documento- en lugar de a un producto, un movimiento o una aspiración. Hoy en día, vale la pena volver a analizar ese mismo nombre, porque resulta que apuntaba exactamente al lugar al que acabaría llegando el debate sobre la soberanía digital.
Para entender por qué, conviene plantearse una pregunta sencilla: cuando estás atado a un software, ¿dónde está realmente el candado?
La respuesta intuitiva es en la aplicación. Te sientes atrapado por el programa: sus menús, sus hábitos, la licencia que sigues renovando. Pero la aplicación es reemplazable. Mañana puedes instalar otra diferente. Lo que no puedes reemplazar tan fácilmente son tus documentos: los años de contratos, registros, informes y correspondencia que has generado. Y si esos documentos están guardados en un formato que solo el software de una empresa puede leer por completo, entonces el bloqueo nunca estuvo realmente en la aplicación. Estaba en el archivo.
Este es el mecanismo silencioso detrás de la mayoría de los casos de bloqueo de documentos. El formato es el que te atrapa. Mientras la memoria de tu organización se almacene en un formato controlado por un solo proveedor, dependerás de ese proveedor para leer tu propio pasado -y esa dependencia no termina cuando cambias de programa, porque los documentos te acompañan a ti.
Por eso también la soberanía digital no es, en el fondo, una cuestión de geografía ni de a qué empresa le compras. Es una cuestión de control: si tú, y no un proveedor, tienes las llaves de tu propia información a lo largo del tiempo. Una organización que no puede abrir sus propios archivos sin permiso no es soberana sobre ellos, sin importar dónde se encuentre.
La respuesta es más antigua y sencilla que el debate que se ha generado a su alrededor: los estándares abiertos para documentos. Un documento guardado en un formato abierto y completamente publicado -uno que cualquier software pueda implementar, hoy o dentro de cincuenta años- pertenece a la persona que lo escribió, no a la empresa cuyo programa lo creó por casualidad. El formato deja de ser un candado y se convierte en lo que siempre debió haber sido: un contenedor neutral para tus propias palabras.
El nombre lo decía desde el principio. Ponía al documento en el centro, porque es en el documento donde se decide la cuestión. Dieciséis años después, el resto de la conversación se está poniendo al día -y apenas hemos comenzado a arañar la superficie.
Artículo original (en inglés)
